1. Introducción
Cada vez que no hay resultados, la culpa recae en el atleta. Se cuestiona su disciplina, su mentalidad, su compromiso. Se le exige más: más horas, más sacrificio, más resiliencia.

Pero casi nunca se pone bajo la lupa lo que verdaderamente condiciona su rendimiento: el sistema deportivo que lo forma, lo acompaña (o lo abandona) y lo proyecta.
En el caso del atletismo mexicano, esta lógica se repite de manera estructural. No es un problema aislado ni una suma de fracasos individuales: es la consecuencia de un modelo que, durante décadas, ha priorizado la improvisación sobre la planificación, la burocracia sobre la ciencia y el control político sobre el desarrollo deportivo.
Porque un atleta no surge en el vacío.
Se construye —o se limita— dentro de un ecosistema.
Y ahí es donde aparece el verdadero problema.
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